"La guitarra eléctrica es una enemiga del pueblo soviético", dijo Nikita Jruschov en los sesenta. Hay un fabuloso anecdotario que refleja la pasión por el rock de los jóvenes que padecían el socialismo real: los discos copiados en placas de rayos X, los robos para elaborar equipos de sonido, la escucha clandestina de la Voice of America y otras emisoras occidentales.
En Cuba de los sesenta, disfrutar del rock te podía llevar a un campo de trabajos forzados. Más suavemente, aquella película de Radoslaw Piwowarski llamada Yesterday explicaba la imposibilidad de seguir a los Beatles y sus pautas vitales en un pueblo polaco.
Pero Yesterday se rodó -esto es importante- en 1984, bajo el régimen del general Jaruzelski; casi todos los Gobiernos comunistas dejaron de pelearse con el rock, tolerando su variedad local. En los puestos de los "partidos hermanos" de Europa del Este, dependientes taciturnos vendían elepés entre sus productos de artesanía. Entrados los noventa, todo aquello había sido barrido sin piedad. Fue cruel la desaparición de la fértil escena rockera de Yugoslavia, aplastada por la implantación del turbo-folk nacionalista. Ocurrió lo mismo en países que no sufrieron la guerra civil: en Budapest, en Berlín.
(elpais.com)
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